11. Cuidado con el portero

jueves, 27 de septiembre de 2007

A veces presiento que el portero se dio cuenta. Ya sé que debería cortarla con la paranoia, pero creo que esta vez va en serio. Casi todas las mañanas lo bajo a Burbujita antes de irme al trabajo, excepto que me haya quedado dormido otra vez y esté llegando tarde. Antes el portero siempre me daba algo de charla, y yo trataba de sacármelo de encima porque no existe un sólo día en el que no esté apurado (y aparte porque es un chismoso.) Pero desde hace unos meses lo noto como tenso; me dice “hola” bien bajito y con los labios prácticamente cerrados, y después se queda callado. A esa hora por lo general suele manguerear la vereda del edificio; porque olvídense de que vaya a pasar un trapo como corresponde, el se queda ahí parado con la manguera en alto, y mientras, le saca conversación a todo inocente que tenga la mala suerte de haber salido a la calle temprano. La cuestión es que cuando me ve pareciera como si lo atacaran los nervios, porque entonces se le resbala la manguera y empieza a salpicar para todos lados; hasta juraría que se le debilita el chorrito.

10. Profesiones culposas

lunes, 24 de septiembre de 2007

Esta mañana mi mamá me preparó las tostadas con la usual dedicación... Haciendo arte con el tostador, meta y meta darlas vuelta, híper concentrada a pesar del sueño; "porque el desayuno es la comida más importante del día". Y si bien, tal como dije antes, su dedicación fue la usual, esta mañana hubo algo distinto; y fue que yo le presté una inusual atención mientras lo hacía. ¿Y por qué lo hice? Porque esas tostadas podrían tener gusto a manteca, a mermelada, incluso a carbón; pero a lo que más sabían era a culpa. Me da muchísima culpa verla siempre tan pendiente de mí, sumida en su tranquila ignorancia de tostador mientras, sin saberlo, tiene sentado en la mesa de la cocina a un superhéroe esperando por su desayuno. Pero luego me justifico con excusas que disfrazo de preguntas: ¿acaso los actores porno le andan contando a todo el mundo de qué laburan?
Ya me la imagino a una actriz de este género, haciendo las compras con el changuito, y contándole a una vecina que se cruzó en el supermercado, anécdotas graciosas sobre una pose resbaladiza que le tocó filmar bajo la lluvia. O imagino también a un actor llegando a su casa, y ante el clásico "cómo te fue en el trabajo" de su mujer, contestándole que estaba muy contento porque le habían dado la escena protagónica, en donde el doctor se acuesta con siete enfermeras muy necesitadas.
Siguiendo con el tema de la gente que no puede hablar abiertamente de su profesión, también me pregunto adónde dice que va una prostituta cuando le besa la frente a su pibe. ¿A cuidar a la tía Pochi que está muy enferma? ¿Otra vez? ¿Pero no era que vos y la tía Pochi estaban peleadas a muerte? Podría preguntarme algo similar respecto de los espías secretos, pero el mismo nombre de la profesión le quita sentido a semejante cuestionamiento. ¿Y en el caso de los políticos? ¿Qué tan sinceros son los políticos respecto de su trabajo? Francamente no tengo idea; lo único que sé es que las tostadas estaban buenísimas.

09. Persiguiendo un colectivo

jueves, 20 de septiembre de 2007

Hoy salimos tarde del taller con los chicos. Serían alrededor de las diez y media de la noche, aunque según mi cuerpo eran directamente las cuatro de la madrugada. Como somos bastantes, y todos muy bien educados, siempre llevamos adelante una afectuosa ceremonia de saludo grupal; pero, claro está, la repartija de besos nos consume una cantidad de tiempo importante. Tiempo que, en este caso, coincidió exactamente con la espera del colectivo. Y allí estaba: inmóvil y embadurnado en baba ajena, a media cuadra de la parada, y con el ojo derecho torcido porque se acercaba el colectivo a velocidad de turno noche (lo que equivale a decir que venía muy rápido, salteándose los semáforos, y sin tener que sortear los obstáculos que impone el tráfico durante el día.) Hubiera sido tan fácil sacar la capa de la mochila y remontarme un poco, justo por encima de las cabezas de los chicos y del resto de la gente, tomar un envión pequeño pero poderoso, levantar apenas algo de viento, y volar hasta la parada. Hasta me hubiera sobrado el tiempo para sacar las monedas antes de que llegase el colectivo. Pero los chicos sólo conocen a Crispín (y Crispín no vuela); además creo que con una sola de mis identidades ya tienen más que suficiente, no necesitan ver a su ídolo utilizando sus súper poderes para cuestiones tan banales como no perder un colectivo. Y mucho menos necesito yo salir de la comodidad de mi anonimato, y exponerme a que todos descubran la verdad sobre la doble vida que llevo. En conclusión: una vez más me sometí a la humillación de correr hacia la parada como cualquier hijo de vecino, llegar con la lengua afuera y pegando saltos atolondrados de tanto esquivar baldosas sobresalidas (y viejas), escalar los escalones con la columna torcida, y mirarlo sumisamente al conductor por haberme dado un changüí extra; porque de haberse apurado, le hubieran bastado dos segundos para dejarme varado en la parada, con la frustración de haber corrido inútilmente enchastrándome el cuerpo en forma de sudor. Y después de mandarme toda esta explicación, ya ni les deberá interesar si llegué a tiempo a la parada. Simplemente digamos que después de las diez y media, el colectivo empieza a pasar cada una hora.

08. La paradoja de los dos teléfonos

lunes, 17 de septiembre de 2007

Qué dilema cuando suena el inalámbrico del comedor en lugar del teléfono rosa. La mayoría de las veces puede ser un familiar con problemas inventados, un amigo que está aburrido, un vendedor desesperado, o incluso un inepto que no sabe marcar bien los números. Pero a veces puede suceder que me estén llamando por una verdadera urgencia, y entonces no sé qué hacer; porque el único que atiende el teléfono inalámbrico soy yo, y claro está que no tengo súperpoderes, ni armas indestructibles, ni puedo volar. En casos así posiblemente me resultaría muy tentador "avisarle" a Súper Crispín para que él se haga cargo de la situación, ¿pero cómo explico después que pude contactarlo, cuando sólo la Policía tiene su número? ¿Qué hago si la Policía rastrea las llamadas y descubre que el teléfono rosa nunca sonó? ¿Y si además descubre que la víctima llamó a mi casa para pedir ayuda?

07. Turno con el clínico

jueves, 13 de septiembre de 2007

Mientras estaba sentado en el consultorio, me preguntaba si acaso los médicos no eran superhéroes socialmente aceptados. Veía a mi clínico anotando letras conflictuadas en su recetario, y no podía evitar sentir un poco de bronca. Él salvaba vidas como yo, pero no arriesgaba la propia. Él también usaba uniforme, pero su delantal de médico no le tapaba la cara (a lo sumo de vez en cuando usaría un barbijo.) Él contaba con un equipo de gente asistiéndolo, no tenía que apechugarla solo contra los malos. Él trabajaba entre cuatro paredes, en un consultorio moderno y eternamente perfumado, con una linda secretaria, internet, teléfono, y demás facilidades. No tenía que cumplir sus misiones a la intemperie, a seis grados bajo cero, en plena tormenta. Él tenía el respaldo de agrupaciones protectoras de sus derechos, tenía una jubilación esperándolo dentro de unos años. En lo que a mí me toca, la legislación en materia de superheroísmo sigue siendo una deuda pendiente en nuestro país, y tengo que estar nadando todo el tiempo en una laguna legal. Él podía estar presente para hacerse cargo de sus logros, recibir los agradecimientos de la gente, escuchar sus elogios, sentir sus abrazos. Yo siempre tengo que mirar el noticiero desde mi sillón, y ver cómo la policía se lleva parte del crédito por mis éxitos. O en el mejor de los casos, ver con impotencia como todo el cariño de la gente se queda trunco, porque su héroe es alguien anónimo e imposible de encontrar.
Para este médico era fácil decirme que tenía que cambiar mis hábitos para dormir, prescribirme la pildorita intragable, hablarme como si yo tuviera cuatro años. Él podía acostarse temprano porque no tenía que salir a la calle de madrugada; podía quedarse en casa junto a su familia, porque no iba a sonar ningún teléfono rosa que lo obligue a salir para salvar esta ciudad. Él no tenía que conservar un empleo diurno y otro nocturno. Él no tenía que estar inventándole excusas a sus afectos todo el tiempo, ni ocultando su verdadera identidad, porque para él era un orgullo refregarle su profesión en la cara a todo el mundo. En cambio yo tengo que moverme continuamente en la clandestinidad, como si fuera un criminal más de los tantos que combato. Tal vez mi papá tenía razón cuando quiso que me anotara en Medicina. A lo sumo me hubiera quedado sin dormir en las épocas de exámenes.

06. Luchando por lo que es mío

lunes, 10 de septiembre de 2007

- Si esperás un ratito, ya debe estar por llegar mi señora. Seguramente va a traer algo de dinero.
- Más les vale que ese "algo" sea arriba de ciento cincuenta.


A la hora y media llegó la mujer. Apenas me vio puso cara de fastidio, luego lo miró al marido y se quedó como paralizada.

- Ay, ay. Recién vengo del médico y estoy bastante dolorida - y se metió en el mostrador agarrándose la parte baja de la espalda.
- Mire señora, hace una hora y media que estoy esperando que su marido me de ciento cincuenta pesos para poder reponer la capa que me perdieron ustedes.
- Pero nosotros no tenemos tanta plata encima. ¿Por qué no esperás unos días más? Seguro que en esta semana devuelven la capa - y pude observar la segunda cara lastimera del día. Simplemente no lo soporté:
- ¡Me devuelven mi dinero o les rompo todo el negocio!
- Mirá, - dijo la señora, que aparentemente ya no estaba tan dolorida porque se podía agachar en el mostrador con una agilidad milagrosa. Sacó una caja de zapatos del último estante y la abrió enfrente mío - esta es la recaudación de hoy. Como verás nos están comiendo las polillas. Llevate cien pesos, o seguí esperando a que te traigan la bendita capa. -

Casi enloquecido desenfundé la pistola paralizante. Primero apunté al señor y luego a su mujer. Apreté el gatillo: sólo salieron burbujitas. Maldito suavizante que le ponen a la ropa en las tintorerías. Y maldita mi memoria, que nunca me recuerda que tengo que sacar las armas del traje antes de llevarlo a lavar. El señor sacó un billete de veinte y se lo dio a su mujer: "Dale ciento veinte, pero que se vaya de una vez."
Convengamos en que ciento cincuenta pesos por una capa usada está bastante bien. Ahora puedo aprovechar para modernizarme un poco, y comprarme una capa que esté de moda; total sólo tengo que poner unos pesos más. Pero por otra parte creo que esta experiencia me traumó, al extremo de estar considerando la posibilidad de ahorrar esa plata para poder comprarme un lavarropas más adelante.

05. Vengo en busca de mi capa

jueves, 6 de septiembre de 2007

Hoy volví a la tintorería. Esta vez estaba el señor atendiendo, con una imitación perfecta de la sonrisa de su esposa. Me dijo que todavía no había aparecido la capa, que espere unos días más. Cuando le dejé bien en claro que esta era la última vez que pisaba ese local cambió la cara, también de una forma parecida a la ciclotimia de su mujer. Si tengo que serles honestos, me decepcionó que el negocio no estuviese más lleno, porque había ido con todas las intenciones de armar un poco de escándalo. De todas formas empecé a levantar la voz, aunque sólo nos separara un mostrador berreta. Le dije que si no estaba la capa, quería ciento cincuenta pesos en reemplazo:

- Pero no nene, si la capa esa estaba usada.
- Estaría usada; pero si ahora voy a un negocio no me la venden por menos de ciento cincuenta.
- Yo te entiendo, pero soy un simple empleado; me van a descontar la plata del sueldo - y puso cara lastimera.
- Ese no es mi problema. Yo también laburo, a mí nadie me regala las capas. ¿Quién me va a pagar todos estos días que estoy parado sin trabajar? ¿Usted me va a devolver la plata que llevo gastada en taxi? El otro día se me fueron setenta mangos en un taxi al Tigre - en realidad fueron cuarenta y cinco, pero lo agrandé un poco. - Yo no tengo la culpa de que ustedes le hayan dado mis cosas a cualquier persona.
- Bueno, mirá, vamos a hacerla corta: te puedo dar sesenta pesos.
- Ya le dije que la capa sale ciento cincuenta. Si quiere nos cruzamos los dos a "La casa del superhéroe" y se fija usted mismo.
- Pero más no te puedo dar, no tengo plata en la caja.
- Entonces llame al dueño para que le traiga.
- No está.
- ¿No tiene el celular para llamarlo?
- Lo que pasa es que está de viaje por España - y lo decía sin mover un músculo, con la misma precisión con la que podía poner su cara lastimera.
- ¿Pero usted me toma por idiota? Que use una malla toda ajustada no quiere decir que sea un imbécil. Si tiene ganas de actuar vaya a estudiar teatro, - hice una pausa involuntaria porque me había puesto muy nervioso - o acaso usted pretende que yo me trague eso de que su señora y usted sólo son empleados, ¡por favor! Los dos tienen como sesenta años, trabajan juntos, y cada vez que vengo están cebando mate con sus nietitas.
- Está bien, está bien, tranquilizate un poco. Como nosotros somos muy honestos, te vamos a dar la plata. Imaginate que llevamos como cuarenta años en el barrio, y no nos vamos a ensuciar por una cosa así.
- ¡Claro! Imagínese si ustedes se llegan a ensuciar; podrían terminar perdidos para siempre en una tintorería - el hombre hizo como si no me escuchara.
- Si esperás un ratito, ya debe estar por llegar mi señora. Seguramente va a traer algo de dinero.
- Más les vale que ese "algo" sea arriba de ciento cincuenta.

04. En la tienda de cómics

lunes, 3 de septiembre de 2007

Hoy pasé por la puerta de una comiquería en plena calle Corrientes. Había una cola infernal de gente, ya fuera porque la casa era muy buena o el local muy angosto. Toda esta gente seguramente no diría que está comprando en una comiquería: ellos van decir con mucho convencimiento que están en una tienda de "comics". Y seguramente estén en lo cierto; porque a mí también se me dio por entrar, y entonces me encontré con todos superhéroes extranjeros: la liga de la justicia con quórum absoluto, orientales de armaduras zodiacales y fosforescentes, y también mucho pseudo-héroe improvisado, de poderes inverosímiles y nombres impronunciables. Obviamente no faltaban las historietas de Batman (en todas sus reencarnaciones y cambios de imagen), ni sus álbumes de figuritas, tazas, pósters, remeras, y hasta los muñecos de toda la parentela (el comisionado, la bati-chica, Robin, los villanos, y todo un gentío adicional que desconozco.) Eso sí: les puedo asegurar que no había un sólo producto de Súper Crispín, ¡pero ni uno sólo! (ni siquiera un mísero pin.) No sé si anotarme en un curso de goma eva, refrescar mis conocimientos de primaria en relación a la arcilla, o desempolvar la plastilina; pero voy a tener que autogestionarme y generar mi propio merchandising. Como servidor de la comunidad, me encuentro ante el deber moral de no contribuir a esta continua invasión anglosajona (y tampoco me vendrían mal unos pesitos extra.) Soy consciente de que me tengo que dar a conocer un poco mejor, porque hay toda una muchedumbre allá afuera esperando por superhéroes más reales, ídolos con los que puedan identificarse. No necesitan más de estos metrosexuales con ayudantes siliconadas; que por miedo a despeinarse el jopo, prefieren utilizar aparatejos de última tecnología antes que pegar una buena trompada. A estas alturas nadie va a creer que con sólo apretar un botón, y pronunciar dos o tres frases trilladas, se pueden eliminar todos los problemas de una ciudad. Sin embargo, estos chicos siguen malgastando todo el dinero de sus padres en cachivaches importados porque no tienen una propuesta local. Estos chicos, además, probablemente nunca se llevaron a nadie a la cama, ni tienen amigos. En definitiva: estos chicos están muy desamparados, no tienen un referente, y por lo tanto necesitan productos de un verdadero superhéroe; me necesitan a mí. Y también necesitan de un buen dermatólogo.