Quedás informalmente invitado

martes, 30 de octubre de 2007

Tacita gentileza de FERNANDO FALCONE

Desde la mesa del rincón hacés barquitos de papel de servilleta, mientras esperás tu cortado en jarrito más café que leche. Endulzás a gusto. Revolvés muy bien. La espuma se disuelve y gira, como cuando te sentás para hacer tiempo, o en los domingos con amigos, o en tu primera cita. Revolvés de izquierda a derecha como las agujas del reloj de tu muñeca.
Pero el 6 de noviembre, además, tendremos humo de historias invitando en nuestras tazas.


6 de noviembre
19:00 hs. en el Coffee Store del Centro Cultural Borges
(Viamonte y San Martín, Microcentro, Ciudad de Buenos Aires, República Argentina)


Venite así nos vemos.

15. Súper arreglo

martes, 23 de octubre de 2007

Este domingo se canceló una salida que tenía planeada, así que aproveché para intentar arreglar mi pistola paralizante. Obviamente ya no quedaba ningún rastro del suavizante de la tintorería, pero de todas formas seguía disparando burbujitas.
Saqué los destornilladores para desarmarla, y nuevamente me faltaba el tamaño que coincidiera exacto con los tornillos. Maldita la hora en que le compré el kit a ese vendedor ambulante, arriba del colectivo. Yo no sé en qué país los habrán fabricado (ni siquiera cuenta con la famosa leyenda de “made in...”) pero, de los siete que son en total, nunca encuentro un sólo destornillador que encaje justo con algún tornillo. De todas formas ya estoy acostumbrado, y con un poco de presión e ingenio pude desarmar la pistola completamente.
Luego limpié pieza por pieza con un trapo humedecido en algodón, y las dejé secando al aire libre. Debo reconocer que rearmarla me llevó el doble de tiempo y de esfuerzo; y todavía resultó peor que, una vez que volvía a tener la pistola en mis manos, descubrí que me estaban sobrando tres tuercas y una arandela, que habían quedado apoyadas sobre la mesa. Desconozco si Don Murphy lo habrá incluido en su legislación, pero yo tengo la convicción de que siempre que uno desarma algo y lo vuelve a armar, le sobran piezas. Lo he demostrado empíricamente en más de una ocasión.
De momento parecieran ser unas tuercas innecesarias, porque la pistola sigue sin desarmarse y recobró toda su capacidad paralizante. Eso sí: de vez en cuando se le escapan dos o tres burbujas.

14. Súper Empleaducho

miércoles, 17 de octubre de 2007

Jamás abrí la boca en relación a mi identidad secreta adelante de un compañero de trabajo; y sin embargo mi jefe está profundamente convencido de que debo ser un superhéroe de esos que pueden hacer ochocientas cosas al mismo tiempo, rápido y sin cometer errores. Empezaron pasándome un par de pedidos para el archivo, después le agregaron tres proveedores a mi zona (de los cuales dos son exquisitamente problemáticos), y ahora también me enchufaron el control de las facturas.
Todavía recuerdo cuando la vi venir a Laura cargando la pila de papeles; prácticamente le había quedado la cara escondida. “Cris, como estoy tapadísima de laburo, el Ingeniero me pidió que te pase estas facturas a vos.” Como no está muy bien visto pegarle a un compañero de trabajo (menos a una mujer), le intenté transmitir mi furia con mi cara de “no ves que yo estoy sobrepasado con los requerimientos de la auditoría y vos encima te la pasás pelotudeando con el teléfono”. Pero Laura no es muy buena interpretando el lenguaje de los gestos, y además inmediatamente ocultó mi cara tras la pila gigantesca de facturas que apoyó sobre mi escritorio. Luego siguió sonriendo y repitiendo como loro las mentiras del Ingeniero: “No te preocupes que es sólo por unos días. Igual andalo sacando cuando tengas un tiempito ¿eh? No te quiero jorobar con tu laburo, que también debés tener lo tuyo”, y soltó una de sus risas crispadoras de nervios. Después se dio vuelta y emprendió el regreso a pleno cadereo, como si para ese entonces todavía me estuvieran quedando ganas de mirarle la cola. Pero entonces se detuvo, levantó el índice y giro sobre sí misma: “¡Ah! El Ingeniero me pidió también que te pregunte si ya tenés listo lo de la auditoría; porque como pasado no viene a la oficina, lo quiere ver tranquilo mañana a primera hora.”

Súper Chiquitín

jueves, 11 de octubre de 2007


13. No logo

¿Por qué no tengo mi propia canción? Algo que suene de fondo cada vez que aparezco en escena. Una música vertiginosa, acelerada, pegadiza, con mucho instrumento de viento y mucha percusión. Un hit. Está bien que “Súper Crispín” posiblemente no suene muy musical que digamos, pero hoy en día se escuchan cosas peores en la radio. Y encima tienen éxito.
¿Y logo? ¿Por qué no tengo logo? Siempre el traje liso, sin un mísero accesorio, sin una marca. Necesito que mi nombre se les adose a todos en la cabeza, no puedo seguirme manejando como un improvisado que comenzó ayer. Yo creo que si mi caso lo estudiara un marketinero se espantaría.
Lo que pasa también, es que acá la gente sólo se preocupa por lo suyo. Somos una multitud de individualistas, y sólo nos volvemos solidarios cuando algo nos perjudica en forma directa. Estoy seguro de que si yo el día de mañana rescatara de algún peligro a un diseñador gráfico, o le salvara la vida a un compositor, seguramente tendría mi propia cortina musical y mi propio logo; y tal vez ni siquiera me cobrarían un peso. Pero lamentablemente, pareciera que las únicas personas en esta ciudad que siempre se meten en problemas son las jubiladas, los vendedores de feria, los que visitan el Rosedal de noche, y la señora que vende chipá a cinco cuadras de mi casa. Y a mí el chipá no me gusta.

SuperVagancia

domingo, 7 de octubre de 2007

Preferible un colega vago, que una soledad hiperactiva.

12. No hay forma

martes, 2 de octubre de 2007

La cuestión es que cuando me ve pareciera como si lo atacaran los nervios, porque entonces se le resbala la manguera y empieza a salpicar para todos lados; hasta juraría que se le debilita el chorrito.

Mínimamente debe estar sospechando algo, pero no me imagino cómo pudo haber encontrado una pista. Mis cosas están muy bien escondidas en el departamento, y no las encontraron ni mis papás; está bien que mamá no es una fanática de la limpieza, y papá es medio autista, pero igualmente el portero nunca entra a nuestra casa. El teléfono rosita está en mi pieza, pero eso genera más sospechas acerca de mis preferencias sexuales que de mi súperheroismo. Estoy convencidísimo de que Burbujita es incapaz de contarle mi secreto a nadie. Para ponerme el traje me cambio en la terraza del edificio, y siempre tomo la precaución de cerrar antes con llave. Después me voy volando directamente desde ahí... No hay forma de que el portero me haya podido encontrar en alguna situación extraña.
Bueno, al menos Burbujita puede usar el baño callejero con mayor tranquilidad, ahora que no se me paran a hablar.