24. Arremolinado

miércoles, 9 de enero de 2008

Ya que tengo capa y antifaz, no veo por qué no podría tener también un sombrero. Eso solucionaría infinidad de problemas, que a su vez pueden sintetizarse en sólo dos: remolino izquierdo y remolino derecho; ambos en la zona trasera de la nuca y claramente visibles. Porque incluso el gel ultrafijador probablemente no fue diseñado teniendo en mente que algunas personas puedan llegar a volar al aire libre con regularidad. Si ya cualquier cabello se descontrola totalmente al caminar por la plaza en una tarde ventosa de otoño, imagínense si continuamente tuviesen que volar a varios metros de altura, atravesando la atmósfera a una velocidad considerable. ¿Ustedes creen que volverían a tierra con cada pelo en su lugar? ¿De qué sirve presenciar tres horas de la ya clásica pelea yema del dedo índice versus remolino rebelde?
¿Y el típico tijeretazo de más? Porque el remolino tiene su límite de tolerancia, un límite muchas veces desconocido por el peluquero, y que jamás debe ser violado o las consecuencias serán desastrosas. Desastrosas para el pobre cliente, claro está, que indefenso se entrega a las manos del profesional. Consecuencias que luego no pueden ser reparadas con el clásico comentario indulgente posterior de "bueno, esto lo peinás con gel". Es que mi peluquero no tiene pinta de haber volado más que en avión; y capaz que el gel ultrafijador a él sí le sirve, y por eso puede hacerse el temerario con la tijera e ir asesinando remolinos a diestra y siniestra. Pero yo ni siquiera cuento con el súper secador de peluquería con el que me aplasta provisoriamente todos los mechones de pelo, que seguramente van a saltar descontrolados apenas salga del local y camine dos cuadras.

23. Súper chicato

martes, 1 de enero de 2008

Será que el antifaz te achina los ojos a la fuerza, pero cada vez me cuesta discernir más si el que está doblando por la esquina es el ciento uno cartel rojo, un micro escolar, el batimóvil, o un ovni que viene a secuestrarme. O tal vez será la maldita computadora que me esclaviza (mínimo) nueve horas por día, la que me va dejando ciego sin que me de cuenta. Incluso me pregunto si el protector de pantalla no se denominará así justamente porque a la que protege es a la pantalla en lugar de al usuario. Sospecho que debe estar salvaguardando al monitor de mi habitual mirada de odio, en lugar de evitar que se me siga jodiendo la vista. Al fin y al cabo que yo siempre me sentaba atrás de todo en el aula para no tener que prestar atención, y jamás tuve que entrecerrar los ojos para poder copiar las ecuaciones que la profe de matemáticas escribía con letra de hormiga. En cambio ahora no tengo muchos años más a cuestas, y sin embargo el colectivo acaba de seguir derecho por Caseros cuando tendría que haber doblado en la esquina anterior. Y si bien podría consolarme ante la certeza de que al menos me subí a un ciento uno, no veo de qué me sirve cuando el del cartel blanco no me deja.

22. Súper almuerzo

martes, 25 de diciembre de 2007

Pero déjenme decirles que existen también otras armas, que a simple vista parecen objetos inofensivos, comunes y cotidianos que no merecen la mínima atención. Y tal vez eso es lo que las vuelve tan poderosas.

Hoy, por ejemplo, el día estaba bastante inestable en la capital (y diría que mi estado de ánimo también.) Por suerte el Ingeniero no vino a la oficina, así que pude tomarme mi hora de almuerzo sin sobresaltos. Y tuve incluso la mayor suerte de poder juntarme a almorzar con una gran amiga (una hermana casi); de nombre exótico, y sentido del humor todavía más exótico.
Comimos entre risas, charlas, y gente jugando carreras de bandejas. Pero lo que quiero destacar de esta anécdota no es lo bien que lo paso con mis amigos, ni lo sociable que soy. Lo verdaderamente importante en todo esto, es que al salir se había largado a llover con intensidad, y mi amiga se había dejado su paraguas en la oficina. Entonces se quedó parada, observando el mundo detrás de la puerta automática con cara de pollo mojado (y eso que todavía estaba seca.) Tenía el mismo aspecto de las muchas damiselas indefensas y en apuros que tengo que socorrer continuamente. Y a pesar de la falta de antifaz, capa y pistolita, recurrí a un arma simple pero poderosísima: saqué mi paraguas y la cubrí con él, para acompañarla hasta la puerta de su trabajo.
Y una vez más, Súper Crispín cumplió exitosamente con su misión.

21. La belleza de lo cotidiano

lunes, 17 de diciembre de 2007

Y esto no quiere decir que esté subestimando a mi profesión, o que me quite mérito; un arma tampoco serviría de mucho sin la habilidad y el coraje (y en definitiva el "charme") de quien la utiliza.

Sin embargo, creo que existe el prejuicio generalizado de que un superhéroe debería realizar grandilocuentes despliegues de artefactos de diseño italiano y última tecnología; de que se tiene que limitar a apretar botones como si estuviera haciendo zapping desde el sillón de su casa; de que a lo sumo podría condimentar la escena con frases marketineras, y usar un traje bien sexy que le resalte los pectorales (trabajados en un gimnasio y no en la lucha diaria contra los malhechores, claro está.) Porque para el común de la gente, el superheroísmo se convirtió en un mero espectáculo y dejó de ser visto como lo que realmente es: una profunda vocación de servicio a la sociedad.
Y si no están de acuerdo conmigo, incluso a riesgo de sonar reiterativo y ensañado, les propongo que miren alguna de las últimas aventuras de Batman. Pero déjenme decirles que existen también otras armas, que a simple vista parecen objetos inofensivos, comunes y cotidianos que no merecen la mínima atención. Y tal vez eso es lo que las vuelve tan poderosas.

20. Simbiosis héroe-arma

lunes, 10 de diciembre de 2007

Qué sería de un superhéroe sin sus armas; porque no todos tenemos la suerte de que nos practiquen experimentos extraños que luego salen mal, o de que nos bañemos en derrames tóxicos de una fábrica, o de que nuestros padres sean extraterrestres o seres sobrenaturales, etcétera. No todos disparamos sustancias extrañas de nuestras manos, ni tenemos una fuerza sobrehumana, ni levantamos objetos con la mente. Algunos (la mayoría quizá) somos simples personas que tenemos que conformarnos con aferrarnos a un objeto, a un arma, para tener súper poderes. Porque aunque siga con el problema de que mi pistolita aturdidora todavía dispara burbujas de vez en cuando, no podría salir a combatir sin ella. ¿Y sin mi capa? ¿Cuánto tendría que cobrar por mes para poder pagarme todos los remises que me lleven hasta la escena del delito?
Estoy convencido de que debo ser uno de los pocos entre mis colegas, que tiene la humildad suficiente como para reconocer que sin la tecnología no somos nada (o casi nada.) Y esto no quiere decir que esté subestimando a mi profesión, o que me quite mérito; un arma tampoco serviría de mucho sin la habilidad y el coraje (y en definitiva el "charme") de quien la utiliza.

19. Súper acalorado

lunes, 3 de diciembre de 2007

¿Cómo voy a hacer ahora con los días de calor que se vienen? Porque les puedo asegurar que con este traje te transpirás todo, hasta en lugares del cuerpo que ni sabías que existían. Mientras estoy en el aire dentro de todo la piloteo, porque hace más frío y te da todo el viento en la cara; pero en cuanto dejo de estar en movimiento y apoyo los pies en la tierra, me mojo de transpiración al instante. La capa en particular es muy pesada y calurosa, pero no me la puedo sacar porque nunca sé bien cuándo la voy a necesitar. Ahora digo yo: ¿tan difícil será diseñar un traje que sirva para combatir al mal en verano? Porque si los maratonistas, por dar un ejemplo, tienen ropa especialmente preparada para soportar el calor, no veo por qué los superhéroes no podemos disfrutar de los mismos beneficios; cuando claramente cumplimos una misión mucho más altruista que pasársela dando vueltitas a una pista. ¡Ah! Cierto que seguimos en categoría amateur, que somos unos parias. Y seguramente que en su tiempo libre, Bruno Díaz debe ser un fucking maratonista.

18. Súper atascado

lunes, 26 de noviembre de 2007

Estuve media hora arriba del colectivo, para avanzar apenas media cuadra. Me recriminaba el no poder salir volando adelante de todos los pasajeros, al mismo tiempo que miraba desesperado por la ventanilla y su paisaje inmóvil. Dos paradas antes, me había llamado la atención la mochila de submarino amarillo que cargaba un pibe algo bohemio, que pasaba caminando por la vereda de enfrente. Cuadra tras cuadra lo había visto con el mismo paso despreocupado, adelantándose a nosotros hasta que el colectivo se decidía a arrancar y lo dejaba atrás, para luego volver a frenarse y ver cómo el chico nos alcanzaba una vez más. Al final nos terminó llevando la delantera de forma definitiva, y desde mi ventanilla ya no se pudo distinguir el submarino de la mochila. Pero él iba disfrutando de su viaje a pie, y se había ahorrado la plata del boleto, y no tenía que oler la transpiración de otro pasajero, ni escuchar las conversaciones estúpidas de las dos viejas que viajaban adelante, ni sentir la ansiedad de estar inmóvil en el asiento sin poder avanzar un centímetro. Incluso ese pibe, así bohemio como era, posiblemente sin tener que cumplir con los horarios de una oficina, desafiando preocupaciones; ese pibe, podría haber llegado antes de las nueve a mi oficina si se le hubiese cantado la reverenda gana. Y yo, que necesito cobrar el presentismo si no quiero pasarme la última semana del mes tomando agua de la canilla; yo, estando ahí arriba con el boleto hecho un bollito, no pude llegar hasta las nueve y cuarto.